miércoles, 25 de febrero de 2026

Hogar a la deriva

 


Hogar a la deriva (Drifting Home) no es la típica aventura de supervivencia. Es una metáfora vibrante sobre el duelo, la nostalgia y la dificultad de dejar ir el pasado. La premisa es sumamente surrealista y curiosa: un grupo de niños queda atrapado en un antiguo complejo de viviendas que, de repente, comienza a flotar a la deriva en un océano infinito.

   Para entender esta película, hay que hablar de su director, Hiroyasu Ishida. Si aún no lo tienen en el radar, es momento de descubrirlo. Ishida es la joya de la corona de Studio Colorido y representa una de las voces más frescas de la animación japonesa actual.

   El director tiene una capacidad única para transformar entornos cotidianos y urbanos en fantasía desbordante. Ya lo demostró con su película Penguin Highway, pero en Hogar a la Deriva eleva su estilo. A diferencia de directores que dependen excesivamente del diálogo, Ishida confía en el movimiento. Su dirección se siente cinética: uno como espectador puede sentir el vértigo de los niños saltando entre edificios y la humedad del mar que los rodea. Incluso muchos ven en él una sensibilidad similar a la de los grandes maestros de la animación japonesa (como Miyazaki o Shinkai), pero con un enfoque más infantil y juvenil, directo y técnicamente arriesgado.

   Con respecto a la película que ahora comentamos, Studio Colorido utiliza una paleta de colores brillantes que contrasta con la melancolía del edificio en ruinas. La física del agua y la iluminación son, sencillamente, de otro nivel. Aunque los protagonistas son niños, los temas que la historia trata son adultos. El film explora cómo los objetos y los lugares guardan recuerdos, y lo doloroso que es ver cómo esos hogares desaparecen bajo el peso del progreso. Asimismo, pese a la apariencia “suave”, hay momentos de peligro real que mantienen el pulso acelerado. La lucha por la supervivencia se siente genuina.

    Pero el ritmo puede sentirse por momentos lento especialmente en el segundo acto, ya que la cinta se toma su tiempo para explorar los traumas internos de cada niño. Sin embargo, el clímax visual y emocional compensa cualquier bache en la velocidad. Al mismo tiempo, el guion por momentos no se encuentra del todo redondeado y pulido, aspecto que lleva a situaciones en donde incluso no hay presentación de personajes y solo vemos aparecer a algunos de ellos sin mayor explicación.

   En definitiva, Hogar a la Deriva es una experiencia sensorial. Es una carta de amor a la infancia y un recordatorio de que el hogar no es el edificio, sino las personas con las que se comparten los viajes. Hiroyasu Ishida se confirma aquí no solo como un director prometedor, sino como una figura esencial que está definiendo la estética del anime de esta década. No está de más explorar su anterior película, Penguin Highway, cinta mucho más aclamada que da a conocer al director al gran público. No está de más señalar que el director cuenta con varios cortometrajes que ya dejan ver su estilo y que se recomiendan ampliamente:

Fumiko’s Confession

Paulette’s Chair

Rain Town

Sonny Boy & Dewdrop Girl

Fastening Days (tres cortometrajes)

 

domingo, 8 de febrero de 2026

Lazarus

 


Si mezclamos la elegancia rítmica de Cowboy Bebop, la crudeza de John Wick y una banda sonora de jazz experimental, el resultado es Lazarus. Producido por el estudio MAPPA y Sola Entertainment, este anime no solo prometía ser el evento del año, sino que ha redefinido lo que esperamos de la animación de ciencia ficción contemporánea.

   La historia nos sitúa en el año 2052. La humanidad vive en una utopía gracias a Hapna, una droga milagrosa creada por el Dr. Skinner que elimina el dolor y la enfermedad. ¿El problema? Skinner desaparece y regresa tres años después con un anuncio aterrador: Hapna tiene un efecto secundario retardado. Todos los que lo consumieron morirán en exactamente 30 días. Para encontrar a Skinner y una posible cura, se forma un equipo especial de cinco agentes llamado Lazarus.

   Lo primero que salta a la vista es la dirección de arte. Shinichiro Watanabe abandona la melancolía del espacio para sumergirnos en un mundo tecnológico vibrante pero opresivo. Del mismo modo, las coreografías son de infarto: Gracias a la colaboración de Chad Stahelski, las escenas de combate se sientes tácticas y pesadas. No es magia, sino combate cuerpo a cuerpo y balística pura llevada al límite por la animación de MAPPA.

   Por otra parte, la banda sonora es espectacular (como en todas las obras del director). La música no es un acompañamiento, sino un personaje. Con la participación de gigantes del jazz y la electrónica (como Kamasi Washington y Floating Points), cada persecución se siente como un videoclip de alta gama. Asimismo, fiel a su estilo, Watanabe nos presenta a los miembros del grupo Lazarus a través de sus traumas y pasados, conectando las piezas de un rompecabezas global.

   Aunque  hay que señalar que no es una serie perfecta y presenta varios problemas que no la ponen en lo alto de la carrera de su director. Por una parte, el poder del guion siempre salva a los personajes de los apuros más extraños al grado de permitir que éstos salten de edificios con la esperanza de que se encuentren algo que los reciba en la caída y puedan continuar una persecución. Al mismo tiempo, la serie presenta algunos errores de continuidad y guion que desinflan un ejercicio estilístico por demás interesante. Si bien es una serie de anime por encima de la media, Lazarus queda un poco lejos de las grandes obras del director como Cowboy Bebop o Samurai Champloo.

   En definitiva, Lazarus es una carta de amor al thriller conspiranoico. Aunque el ritmo puede sentirse acelerado en los episodios centrales debido a la urgencia de la trama de los 30 días, la ejecución técnica compensa cualquier bache narrativo. Para quienes buscan una serie madura, visualmente impecable y con una trama que nos mantenga al borde del asiento, Lazarus es de visualización obligatoria. No es solo anime: es buen cine de acción fragmentado en episodios.