Hay directores que marcan época al definir una estética inconfundible, y Koichi Mashimo es, sin duda, uno de ellos. Al timón del estudio Bee Train, Mashimo cimentó una trilogía espiritual de heroínas armadas que fascinó a toda una generación de amantes del anime a principios de los 2000: Noir (2001), Madlax (2004) y, finalmente, El cazador de la bruja (2007). Sin embargo, mientras que sus predecesoras cultivaban una atmósfera hipnótica a través de la elipsis, el misterio y el existencialismo, este cierre de trilogía suele ser recordado, con justicia y pesar, como el proyecto más irregular y frustrante de su director. La premisa prometía un viaje por carretera cargado de misticismo a través de los vastos y polvorientos paisajes de México, pero el resultado final quedó atrapado en un bucle narrativo que desaprovechó sus mejores bazas.
La historia sigue a Ellis, una joven misteriosa que ha perdido la memoria y posee el poder críptico de abrir las puertas hacia el legendario territorio de Wiñay Marka, y a Nadie, una cazarrecompensas dura y pragmática que acepta escoltarla mientras huyen de una conspiración internacional. Sobre el papel, la dinámica de opuestos —la inocencia etérea frente al cinismo curtido— encendía la chispa para una road movie memorable. No obstante, el gran fallo de El cazador de la bruja radica en su estructura episódica desdibujada; durante más de la mitad de sus veintiséis episodios, la trama se empantana en subtramas circulares y persecuciones repetitivas que no aportan nada sustancial a la mitología central ni al desarrollo de los personajes, agotando la paciencia del espectador antes de alcanzar su recta final.
A pesar de los profundos tropiezos en el ritmo y la escritura de guion, la obra conserva destellos del característico cuidado visual y sonoro que definía al estudio en su época dorada. Los escenarios abiertos, inspirados en la geografía y el folclore latinoamericano, ofrecen postales atípicas dentro del medio, alejándose de los habituales callejones urbanos de Tokio. Y es precisamente aquí donde el anime encuentra su auténtico salvavidas: la música de Yuki Kajiura. Lejos de limitarse a acompañar las escenas, la legendaria compositora firma una banda sonora monumental que trasciende por completo la calidad de la serie. Mezclando coros operísticos, guitarras acústicas de sabor fronterizo y melodías vocales etéreas, Kajiura dota de una urgencia mística y un lirismo desgarrador a cada plano, logrando que los momentos más monótonos de la travesía adquieran una belleza y una dignidad emocional que el libreto por sí solo jamás logra sostener.
Quizás su aspecto más disparatado es justo el viaje que ofrece a lo largo de México. Se nota que los animadores y el director estaban abordando desde fuera un país totalmente ajeno a ellos. Para empezar, muestran al país como un lugar desértico o casi post-apocalíptico. Los jefes mafiosos, en lugar de ser narcotraficantes tipo jefes feudales, resultan ser mafiosos italianos elegantes que no tienen mucho sentido. Además, la búsqueda de aguas termales, propias del estado mexicano de Hidalgo se ubica en Aguascalientes (nombre que creen propio de dichas aguas). Para acabar de amolar el asunto, la compositora fue enviada a conocer música de Perú en lugar de México, aspecto que hace que la serie se sienta un raro pastiche lleno de burradas y visiones disparatadas del país en donde ocurre la acción.
No hay que olvidar lo fallido de los personajes, especialmente del propio villano. Si bien es interesante el guiño casi amoroso entre las dos protagonistas, los antagonistas se presentan de forma absurda y ninguno de ellos es memorable. Del mismo modo, la batalla final con el villano principal se siente desolada y sin emoción al igual que la zona arqueológica y prehispánica que supuestamente deciden mostrar como escenario último. Así, el sentido de las gun and girls se desdibuja y muestra un cansancio luego de las dos series anteriores que resultaban mucho más logradas e interesantes.
En definitiva, El cazador de la bruja se erige como una obra de profundos contrastes, un doloroso recordatorio de que ni los nombres más consagrados de la industria son inmunes al desgaste creativo. Para los seguidores acérrimos de la dirección contemplativa de Koichi Mashimo o para los coleccionistas de la discografía de Yuki Kajiura, la serie sigue albergando valor arqueológico y pasajes musicales inolvidables. Sin embargo, para el público general que busca una narrativa sólida y resolutiva, este viaje por los caminos mexicanos se siente más como una interminable caminata bajo el sol que como una gran aventura mítica.
